noviembre 15, 2011
por silviabou
El primer día nos dijeron que los días 2 y 6 son críticos, que te quieres ir, “¡bobadas!”, “eso a mí no me pasará”, y cómo casi siempre me equivoco.
El segundo día por la mañana andaba más o menos bien, cuesta, pero se soporta. Pero a partir de las cinco de la tarde, ya no sé cómo ponerme. Empiezo a dar vueltas y vueltas, encima de una gran montaña de cojines, cada vez necesito más. Hace frío, mi manta es preciosa, pero muy grande, me caigo todo el rato, no puedo estar quieta, empiezo a pensar que soy una estúpida snob haciendo un curso de meditación. Todo el mundo parece profesional menos yo. La sala huele fatal, alguien se perfuma demasiado, o no se perfuma en absoluto, pero es invierno, tal vez no se duchen lo suficiente. Tos, estornudos, aires, gente. ¡Qué asco!
Aguanto hasta la charla de las 7, me encanta ese momento, y sólo llevo dos días. La voz dice cosas interesantes, a ver si hoy aprendo algo. Ya que hacia adentro no me entero de nada espero que desde afuera pueda comprender algo sobre dónde estoy.
A partir del cuarto día (del primer retiro) mi mente empezó a gritar, primero de dolor físico (las rodillas -más destacado-, también la espalda…) segundo de un dolor que no sé ubicar en ningún lugar. Diez horas, sentada intentando observar sensaciones corporales por todo tu cuerpo, casi es una locura. Sientes aquí y allá pero en general te identificas y por lo tanto no observas, juzgas, opinas, discutes, o te fugas. Al final mi mente era un grito constante, ¿para qué demonios voy a querer iluminarme?, ¡yo no soy un Buda!, me gritaba a mí misma con auténtica desesperación. Intentar estarse quieta con tanta juerga interna es imposible, así que al dolor le añades la culpa por moverte, la rabia por no cumplir con la demanda, a saber: durante tres sesiones de una hora tienes que intentar no mover las manos, las piernas ni abrir los ojos, uff, uff, uff.
Mi mente se dice que con tanto dolor es preferible el de afuera, “yo no quiero ser un Buda”, ¿qué hago aquí? Dolor por dolor ¿que cambia? Mejor el dolor conocido ¿no? Para variar, tienen razón. Te irías. Por suerte algo te retiene, puede ser el orgullo pero en mi reconozco más la curiosidad, ¿esto como acaba? ¿A donde te va a llevar?, en realidad lo pasas fatal, pero quieres averiguar que hay. Finalmente en esos días empiezo a llorar, es un alivio, lloro como una niña, desconsolada pero tranquila, de alguna forma las lágrimas sacuden de mi el dolor. Hasta que por fin hay segundos, tal vez milésimas de segundo en las que observas, realmente te mantienes ecuánime ante la situación. Pueden ser las lágrimas o cualquier otra manifestación de sensaciones corporales y descubres que más allá de todo esto estás presente, lo puedes ver, analizar, tomar distancia. Duele pero no duele. Y empiezo a comprender el significado de tantas cosas leídas y conceptualizadas pero no experimentadas y por lo tanto, ahora sé, no sabidas.
Estos primeros días forman parte de la ignorancia (moha) raíz de la contaminación mental. Pañña o sabiduría: visión cabal que purifica la mente, a la que se llega a través de tres caminos: escuchando, con la comprensión intelectual y mediante la experiencia personal. Es evidente que estarse sentada tantas horas es pura experiencia personal y vivir lo que allí te toque vivir es la única manera de adquirir sabiduría.
Ya no discuto lo que quiero ser, lo que soy, si me voy a iluminar o no, simplemente quiero seguir adquiriendo experiencia, ya veremos a dónde voy.
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